lunes, 2 de julio de 2007


El producto: la última tendencia que perdura desde hace unos años es la de la manipulación mínima del producto. Por lógica, si el producto se presenta con muy pocas variantes, sin adulteración, ni escondiéndolo bajo ninguna salsa sospechosa y la alta cocina ha sabido reinventar algunos alimento que la dietética ha demonizado en los últimos años. Posiblemente, la panceta fue antaño tratada como un despojo, al igual que sucedió con el caviar o las kokotxas. Utilizada de tantas maneras diferentes, destaca su contribución a los cocidos, donde ha dado suculencia y untuosidad a alubias, lentejas, garbanzos y toda clase de legumbres durante décadas Esta tendencia es de productos humildes, mas baratos y asequibles que antes, con presentación atrayente y mezclas sugerentes, respetando las temporadas naturales de cada producto, de esta forma, no sólo cuidamos el ciclo anual, si no que además, dotamos a nuestra carta de una vitalidad y una regeneración constante. Por ello han ido desapareciendo unos productos que parecían inamovibles en los restaurantes de cierto nivel que se han sustituido por otros o bien han modificado su condición de producto estrella. Por ejemplo.


Cuando hace unos años, todo restaurante que buscara un sitio de prestigio, debían ofrecer la terrina de Foie, en cualquiera de sus modalidades, ahora la tendencia es que sea acompañamiento de otros platos, como puede ser las lentejas con foie o la menestra de verduras salteadas con foie. Ocurre lo mismo con los mariscos, reservado para los restaurantes especializados, pudiendo encontrar en las cartas más actuales: la crema de espárragos con almejas o las alcachofas rellenas de gambas con galletas de sésamo. Este cambio fortalece la imaginación del cocinero, favoreciendo los menús degustación, largos y estrechos, donde el comensal prueba distintas preparaciones y donde se demuestra la destreza e improvisación del cocinero.


El declive del producto silvestre y la estandarización de calidades y precios son factores que inciden en la vulgarización de la gastronomía. También contribuye a este hecho el empleo de técnicas avanzadas de conservación, que convierten a multitud de productos en permanentes cadáveres. Creerse una divinidad es, en la actualidad, el primer gran mal que asola a los 'chefs' de alta cocina, al que ayudan las artimañas que con toda seguridad siempre han utilizado en los fogones. No todos los clientes, ni todos los profesionales, tienen el mismo paladar, el mismo criterio o la misma meticulosidad. Hoy como ayer, y a cualquier escala culinaria, sigue habiendo quién cuenta mentirijillas, quién se convierte en un constante embustero y hasta quién, en el reino de la confusión, actúa como un solemne impostor.




El idealismo sin esfuerzo físico y mental sólo tiene un calificativo: frivolidad; se termina por convertir en idealismo escénico, en puro teatro. La pregunta la contestará el tiempo: ¿en qué medida estamos trabajando para ser los mejores y en qué medida nos estamos beneficiando de las limitaciones de nuestros competidores?
Hay quienes, con toda la buena voluntad del mundo, quieren combatir el concepto de lujo que siempre conllevó el comer y beber sibaríticos. Hay quienes quieren seducir los oídos de los ciudadanos con propuestas generalizadoras. Quienes pretenden convencernos de la estandarización –democratización– de la comida, que conlleva la vulgarización del paladar. ¿Cuántos productos gastronómicos puede adquirir un gourmet en un hipermercado? Que cada cual se conteste, pero la respuesta coloca en evidencia: a mayor cantidad, menor grado de exigencia.




¿Ha sido la cocina quien ha promovido en la sociedad la implantación de conceptos triunfantes como salud y estética personal?. ¿Cuál será el futuro de las cocinas populares?
Aquella frase de que la realidad supera a la ficción no es sino una constatación. Por tanto ¿Cómo no va a condicionar la cocina y a los cocineros, sus aciertos y sus errores? Sólo la excepcionalidad puede abstraerse de la vida, y superar los méritos y deméritos que nos impone. No es tan fácil cambiar

el mundo, en general el mundo cambia la gastronomía.
No cabe duda que existen dos formas fundamentales de plantear un restaurante: por su prestigio culinario y/o por sus especialidades. En el segundo caso, conviene tener muy presente que habiendo decidido previamente lo que nos apetece ofrecer, elegiremos la opción mas adecuado a nuestras exigencias. O que elegido el establecimiento, habremos de sujetarnos a los platos que le han de dar reputación.

EL RESTAURANTE Y SU ENTORNO

es un submundo donde cohabitan diversas ramas comerciales, por tanto, la organización ha de existir de manera constante y coherente. La uniformidad de la carta, la decoración, la profesionalidad, la bodega, la limpieza generalizada , la vajilla, iluminación, donde está situado y la atención respetuosa pero no servil han de valer como enaltecimiento del esfuerzo divulgativo de nuestra profesión, para así, poder recorrer el largo camino que nos queda a los cocineros, camareros y comensales dentro de esta simbiosis en la que nos vemos envueltos, con la finalidad de un óptimo planteamiento gastronómico.
Salvo excepciones, igual que es difícil encontrar en las grandes ciudades cocinas artísticas que se distingan por la conjunción de imaginación y virtuosismo, es excepcional que en los restaurantes ubicados en los hoteles se haga una rigurosa cocina de autor, entendida como una expresión verdaderamente personal plasmada con un considerable nivel de perfección. Los hoteles no buscan precisamente este tipo de oferta gastronómica, convencidos que sólo les interesa como reclamo publicitario (imagen) y/o comercial (banquetes, catering, etc.). Cuando se dan casos, que los hay, obedecen a estas razones.
La cocina de autor ha optado por habitar por lo general alejada del mundanal ruido, sabedora de que el comensal social no es su potencial cliente natural
Y más en una sociedad en que el hambre ha sido sustituido por la abundancia, en que hemos pasado del comer a la gastronomía, en que paladeamos razonada y culturalmente, en que actuamos como ‘gourmets’ inteligentes, en que nos planteamos la esencia de las cosas. Enarbolando estas premisas, nuestra cocina vive en la actualidad la mayor revolución culinaria. Pausada, reflexionada, madura, sin locuras… Más bien es una evolución permanente, que no es sino una revolución cultural alimentada con inteligencia y talento. Hasta tal punto pilpilea este espíritu inconformista y de superación que, asombrosa e increíblemente, ha llegado a la hoguera, algo que nadie hubiese pensado; pues, por naturaleza, la parrilla es lo más primario y, consecuentemente, lo más antagónico con la alta cocina moderna. Sin embargo, hemos vuelto a la brasa. Hoy, la bandera de la salud y de la estética es unánimemente asumida. Diría más, son valores que distinguen a la alta cocina moderna. ¿Os habéis parado a pensar cuánto han cambiado las texturas y los sabores desde que en los años ochenta se incorporó la cuchara de salsas? ¿Ha creado algún cocinero en todo este tiempo alguna salsa que haya cambiado hasta tal punto las salsas como lo hizo en su día la cuchara de salsas?